martes, 21 de marzo de 2017

Ana Morales recrea el baile clásico


Ana Morales sigue reescribiendo el baile de ayer. Una mirada lenta es un homenaje al baile clásico. Un baile que ella conoce y domina a la perfección. Pero que ella recrea y renueva con detalles propios. Levanta los brazos como haría una diosa de lo jondo en un tablao dieciochesco. Sus manos tienen vida propia. En su bata de cola está todo el baile de mujer. La levanta como enseña Milagros Menjíbar. Se la relía en los pies cuando cierra un giro como, según cuenta Fernando el de Triana, hacía la Macarrona. Mete los pies cuando hay que meterlos. Unos pies vertiginosos y precisos. Unos pies capaces de poner en un aprieto a la mismísima Carmen Amaya. En su cuerpo está todo el baile de ayer con la impronta de su personalidad y maestría. El baile de ayer hecho hoy.

David Coria, Ana Morales y Rafael Rodríguez
De artista invitado venía David Coria, un auténtico maestro del baile de hoy. Técnica, imaginación y elegancia. Un bailaor que está ahí cada vez que lo llama Ana, lo mismo que Ana cuando la llama él. Las tonás que hicieron los dos a dúo fueron escalofriantes.
La música la puso Rafael Rodríguez. Una réplica con la guitarra del baile de Ana. Antiguo y moderno a la vez, con continuos y exquisitos destellos creativos. Su seguiriya fue antológica.
Los tres, con la percusión, medida y sabia, de Daniel Suárez y el cante magistral de Miguel Ortega y Antonio Campos —sus fandangos de Lucena y jaberas con toque incluido tuvieron un sabor flamenquísimo—, ofrecieron un recital enjundioso: malagueña-cartagenera-tarantos, tonás,  una soleá monumental de Ana, unos tanguillos juguetones de Coria y para cerrar una farruca rematada por unos tangos de Málaga a los que Ana puso sal y picardía.
La puesta en escena, eso sí, muy moderna, pero con las luces exactas, que en ningún momento deslució ni molestó al baile.
Un recital de lujo y otro éxito de este “Flamenco del Sur”.

                                                                                                                              José Luis Navarro

martes, 14 de marzo de 2017

Antonio Moreno y Diego Villegas, virtuosismo x 2


Antonio Moreno y Diego Villegas son dos auténticos virtuosos. Antonio es un mago de la percusión y Diego un brujo del viento, pero por encima de todo los dos son músicos. Los dos componen flamenco. Los dos asombraron y hechizaron a un público que apenas podía dar crédito a lo que estaba escuchando.

Diego Villegas, Leonor Leal y Antonio Moreno
Antonio siente desde bien niño verdadera pasión por los golpes —“Al golpe” tituló su concierto—. Salió al escenario y le sacó música a las mismísimas piedras. Empezó con un par de varas y luego dio rienda suelta a su imaginación y utilizó las palmas, los pitos, los nudillos, la marimba, la batería, el gong, el cristal, un plato y un tenedor… Se trajo a Juan José Amador, se sentaron los dos, frente a frente, y mantuvieron un soberbio diálogo por soleá. Después apareció Leonor Leal y dibujó con su cuerpo y acompañó con los pies la música que Antonio le dedicaba. Una exquisitez para la vista y para los oídos.

Diego protagonizó el segundo concierto de la noche. Presentó “Bajo de guía”, trajo a su Sanlúcar natal a las tablas y volvió a asombrar al respetable. Flauta, armónica y saxo coquetearon con el jazz, pero sucumbieron a la llamada de lo jondo y se hicieron flamencos. Fue del mirabrás a los tanguillos, del fandango a los tangos y a la vidalita para acordarse de Magallanes y su viaje a las Américas. Tocó por soleá y puso el cierre por bulerías. Un espléndido concierto que también adornó Leonor Leal con esa delicada sensualidad que pone en su baile.
Le acompañaron Pedro Pimentel a la guitarra, Daniel Arjona al bajo eléctrico y Carlos Merino a la percusión.
Al parecer se acabaron los recortes, porque anoche “Flamenco viene del sur” nos ofreció dos conciertos por el precio de uno. Dos derroches de maestría e imaginación. Dos frutos de la fantasía de dos genios.
                                                                                                                                   José Luis Navarro

jueves, 9 de marzo de 2017

Un justo reconocimiento para Cristina Heeren


Cristina Heeren es una norteamericana que vino a España y se enamoró del flamenco —“un arte único que no se parece a ningún otro”, según ella—. Tuvo y tuvimos la suerte de que cayese y se dejase asesorar por flamencos honestos que lejos de aprovecharse de la buena fe y voluntad de la que otros habrían tachado de “americana chiflada” le aconsejaron que hiciese lo que más necesitaba el flamenco: una especie de Escuela en donde se enseñase a los que quisiesen ser artistas desde foniatría hasta a mover una bata de cola. Así es cómo en 1996 nació en Sevilla la Fundación Cristina Heeren. Por ella han pasado como profesores, entre otros, nada más y nada menos que Calixto Sánchez, Milagros Menjíbar, Naranjito de Triana, Manuel Soler, José de la Tomasa, Paco Toronjo, Esperanza Fernández, Javier Barón, Eduardo Rebollar, Niño de Pura, Pedro Sierra, Paco Cortés, Arcángel, Rafael Riqueni o Miguel Ángel Cortés. En sus aulas se han hecho artistas cientos de chicas y chicos que un día soñaron con ser flamencos. Ya han pasado 20 años de aquel día y bien se merecía Cristina que se acordasen de ella. La Fundación Cajasol lo hizo anoche. Fue en los Jueves Flamencos con un acto que denominó “Homenaje a Doña Cristina Heeren” y la entrega de una preciosa estatuilla de Jesús Gavira.


Fotografía: Jaime Martínez. Cortesía de Cajasol

El acto, de una desusada duración, comenzó con las ¿obligadas? intervenciones institucionales, unas amenas y bien estructuradas notas biográficas de Manuel Curao y las palabras de agradecimiento de Cristina. Y, por fin, llegó el flamenco.

Por las tablas pasaron quienes en su día mejor aconsejaron a la neoyorquina y después más han contribuido a hacer realidad aquel ya lejano proyecto. Primero, Calixto Sánchez, un auténtico profesional del cante ya jubilado, que con la inspirada guitarra de Eduardo Rebollar hizo malagueñas, soleares, alegrías y bulerías y dio toda una lección de técnica cantaora.

Fotografía: Remedios Malvárez. Cortesía de Cajasol.

Después, José de la Tomasa, pletórico de facultades, que acompañado por José Luis Postigo, hizo tarantas, soleares, bulerías y tonás.

Fotografía: Remedios Malvárez. Cortesía de Cajasol.

El cierre lo puso Milagros Menjíbar, maestra y musa de la Escuela Sevillana, que hizo alegrías y demostró cómo se puede bailar en mujer, como ella dice, “sin apenas hacer ruido”.


Fotografías: Remedios Malvárez. Cortesía de Cajasol.

Con ella estuvieron otros tres maestros: Juan Reina y Manuel Romero al cante y Rafael Rodríguez a la guitarra.
                                                                                                                                 José Luis Navarro

martes, 7 de marzo de 2017

El Pele cantó FLAMENCO


Toda música transmite emociones. Son sentimientos que el intérprete tiene que expresar y  representar. Pero el flamenco va mucho más allá. El cantaor no representa. El cantaor tiene que “vivir” cada tercio —eso es lo que unos llaman “autenticidad” y otros “pureza”. Y eso es lo que hizo anoche El Pele en el Teatro Central. Se rebuscó los sentimientos en las entrañas, se dolió y vivió todo lo que dijo. Y nos emocionó.


A sus 63 años, El Pele derrocha facultades. Tiene el poderío de un joven y la sabiduría de un mayor. Y todo lo da en cada recital. Es además un artista generoso con su público. No solo se entregó él al cien por cien, sino que se trajo unos acompañantes de lujo: El Niño Seve, una de sus guitarras habituales; unas palmas de categoría, Bobote y Torombo; la percusión de José Moreno y, para remate, el baile de Juan Fernández Montoya “El Barullo”, el nieto de Farruco. Los dos hicieron una soleá para enmarcar. De un lado la voz dolorida del cante y de otro la elegancia y la flamencura del baile.



El Pele empezó su recital, “Puro Pele”, por cantiñas, saboreando cada palabra. Hizo un personal viaje, reposado y enjundioso, por todo el oriente andaluz (Lucena, Granada, Cartagena y Málaga) que remató con una jota aragonesa. Nos sobrecogió por seguiriyas. Remató “con lo que salga” y lo que salió fue una soberbia soleá cantá y bailá. El teatro entero, de pie, le pidió más y todos hicieron un fin de fiesta por bulerías en el que especialmente Torombo se lució en su pataíta.

No podía empezar mejor “Flamenco viene del sur 2017”.
                                                                                                                      José Luis Navarro

jueves, 2 de marzo de 2017

Alba Heredia, temperamento y elegancia


Alba Heredia, una sacromontana nacida en la cueva de su abuela La Rocío hace 22 años, supo conjugar el temperamento granadino con la elegancia del baile de mujer —no en vano ha sido alumna de Milagros Menjíbar—. Presentó “En estado puro” y bajó dos veces a las honduras del sentimiento, primero por seguiriya y luego por soleá. Antes, como para abrir boca, sus cantaores habían hecho una ronda por tonás. Fueron dos bailes largos, densos, en los que puso coraje y embelleció con figuras escultóricas. Aquí tenéis unas muestras.
Foto: Jaime Martínez. Cortesía de Cajasol.
Foto: Remedios Malvárez. Cortesía de Cajasol
Foto: Remedios Malvárez. Cortesía de Cajasol
Foto: Remedios Malvárez. Cortesía de Cajasol
Foto: Remedios Malvárez. Cortesía de Cajasol
Se despidió con sus tangos del camino que firmó con esa “caída” a ras de suelo típica del Sacromonte.
Alba vino muy bien acompañada con las palmas de su madre, Rafi Heredia, el cante con Juan Ángel Tirado, Johny Cortés y Manuel Tañé y con la extraordinaria guitarra de Luis Mariano.
                                                                                                                                       José Luis Navarro

lunes, 26 de diciembre de 2016

Homenaje a Triana. Antonio Canales

Fotografía: José Luis Navarro


El tablao Orillas de Triana ha sido el lugar elegido por el prestigioso bailaor trianero Antonio Canales para homenajear a su barrio. Ha querido rodearse, para tal fin, del elenco de jóvenes artistas de dicho local, deseosos a su vez de mostrarle su cariño y admiración. Doble homenaje, por tanto.

Antonio Canales, encabezó el espectáculo, acompañado por el ilusionado elenco compuesto por Maise Márquez (el día 16) y Ángel Fariña (el día 17) al baile; Edu Hidalgo y Juan Murube al cante, Tino Van der Sman y Gori Mazo a la guitarra, y Roberto Jaén a la Percusión. Todos ellos dispuestos a disfrutar al máximo y darlo todo, junto al maestro.

El esquema, diseñado por Canales para esta ocasión, resultó perfecto, a la vez que novedoso, ya que comenzó por las consabidas y tradicionales bulerías finales, repletas de complicidad y buen hacer que habrían de tornarse en una fiesta por jaleos extremeños en la última de las dos sesiones; como si Extremadura quisiera también sumarse al singular homenaje, lo mismo que el brioso Fandango de Pérez de Guzmán que interpretó brillantemente Edu Hidalgo en la tanda de abandolaos que interpretaron al alimón él y Juan Murube.
Cada uno de ellos tuvo su momento de lucimiento, Maise Márquez estrenó unas preciosísimas bamberas, Tino dejó constancia de la ya veteranía y musicalidad de su guitarra, Ángel Fariña dejó boquiabiertos a todos con una soberbia soleá y el broche final lo puso Antonio con una impresionante seguiriya, acompañado por los desgarradores ayes de los cantaores, la fuerza y la belleza que supo imprimir Gori Mazo a su guitarra y el buen hacer en todo momento de Roberto Jaén.

Pasado, presente y futuro se unieron con un magnífico resultado: calidad autenticidad y arte.

Eulalia Pablo

domingo, 28 de agosto de 2016

¿Un cambré medieval?


Cualquiera diría que la mujer que vemos en este capitel está ejecutando un cambré, esa inclinación del cuerpo hacia atrás que se realiza en el ballet y en el baile flamenco. 


No es muy probable que sea así, entre otras razones, porque cuando se talló este capitel, allá por 1117, no existía el ballet.
Pero de lo que no hay ninguna duda es de que esta mujer con los cabellos al aire está bailando al son del arpa que le toca detrás. Lo más probable, además, es que el artesano que lo talló pensase que si la mujer se ponía derecha se daría un desagradable coscorrón con el ábaco, así que se inventó la postura que siglos después se llamó “cambré”. Así de ocurrentes y cachondos eran aquellos artesanos de la piedra que disfrutaban metiendo las más insospechadas imágenes entre los pasajes que solían representar, como en este caso, la vida de Jesús.

Dos detalles más. Este capitel pertenece al claustro del Monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca. Y la fotografía la tomó y me la mandó mi amigo Jaime Gutiérrez Benítez.
                                                                                                    José Luis Navarro